—¡ATRÁPENLO!
El fantasmagórico sonido de las voces de los miembros de su manada
persiguiéndolo se escuchaba a lo lejos. ¿Era tan malo que él fuese
homosexual? ¿Acaso los lobos no tenían permitido amar a quien quisieran?
—¡PUEDO OLERLO!, ¡NO ESTÁ MUY LEJOS!
Era patético, aquello parecía más una cacería de brujas que una manada
de lobos hechos y derechos. Pero su Alfa había decidido que debía morir.
Afortunadamente las leyes de los were dictaban que tenía un tiempo de
huida para recoger sus cosas y marcharse antes de que la manada tratase de
acabar con su vida. Escapar a un territorio de otra manada podría matarlo
pero, sin lugar a dudas, el quedarse le causaría con total seguridad la
muerte.

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